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Testimonio de Carlos G.

 

Desciendo de una familia católica, y el Señor me trajo a Zaragoza, ciudad de la Virgen del Pilar, hace treinta y muchos años.

Licenciado en Ciencias Económicas y con estudios en los cuatro años de Teología en el Seminario de Zaragoza.

Aquí me casé y conocí mucho más cercano a Jesús. Mi mujer y mis cinco hijos me han ayudado a seguirle más de cerca.

Doy gracias a Dios porque siempre ha mantenido viva mi fe; al principio “cumplía mis obligaciones” de cristiano, ahora gracias a mi familia, al Espíritu Santo y a un buen empujón de nuestra Madre “la Pilarica”, sirvo al Señor, pero no por obligación, sino por Amor a Él y a mis hermanos; Día a día intento acercarme al Señor más íntimamente, siéndole más cercano y llevando la Eucaristía a los hermanos-enfermos en un Hospital Universitario.

Hace unos años, se inició una nueva etapa en mi vida; vino marcada por mi entrada en la Renovación Carismática Católica (RCC), allí tuve un gran momento de gracia, de renovación muy importante, como si se tratase de un nuevo Bautismo y empecé a caminar con un nuevo impulso del Espíritu Santo; empecé a tomar conciencia, a asumir y vivir, esta Palabra de Corintios que dice: “nos han hecho servidores de una nueva alianza, no basada en pura letra, sino en el Espíritu” (2ª Cor3, 4-6).

Después de 3 años en la RCC, conocí la Escuela de Evangelización San Andrés, a través de la cual se materializó de una manera clara el camino en el que poder servir a Cristo y llevar su Buena Nueva; comencé esta andadura junto con mis hermanos y hoy sirvo en esta escuela de evangelización San Andrés-Virgen del Pilar, (en la que estoy desde sus inicios) en los Ministerios de Secretaría y Predicación.

Al incorporarme en la Escuela, me di cuenta que el Señor me llamaba para evangelizar y desde entonces he procurado responder a esta llamada y serle fiel, por encima de circunstancias y dificultades.

En todo este tiempo ha habido momentos de desánimo, pero recuerdo siempre lo que dijo el Señor al apóstol de las gentes: Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza (2 Cor 12, 9).

Doy gracias a Dios por mi flaqueza; se que obedeciendo al Señor seguiré teniendo fuerzas para proclamar la Buena Nueva y servirle todos los días de mi vida.