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Testimonio de Carlos M.

 

Toda mi vida he sentido que había algo más: una fuerza sobrenatural creadora y protectora del Universo; supongo que lo que la gente suele llamar “Dios”.
Pero no me encontré cara a cara con Él hasta mis 23 años.

De pequeño tuve la suerte de ser bautizado y educado en la fe católica. Debo mucho a mi madre y a mi abuela, que se ocuparon de hablarme de Dios y de sus cosas, de enseñarme a orar, llevarme a misa y prepararme para recibir la comunión y la confirmación.

Y fui creciendo y madurando creyendo lo que me contaban, aceptando que efectivamente había un Dios, que era el Dios que predicaba la Iglesia. Toda mi fe estaba en mi cabeza: consistía en un conjunto perfectamente ordenado de ideas, una especie de paradigma con el que podía explicar y discutir todo tipo de cuestiones filosóficas. Pero se trataba de una fe fría, únicamente racional: Dios resultaba parecer un ser todopoderoso y sublime, pero a la vez vengativo, lejano, poco preocupado por nosotros los hombres y menos aún por mí.

Al comenzar la Universidad, me empecé a apartar poco a poco de la Iglesia. Esto me ocurrió porque no tenía cerca ningún amigo o familiar más que creyera de verdad en Jesús ni fuera a la Iglesia; por mí mismo, me iba cansando de asistir a misa los domingos, y me asaltaban las dudas:¿Seguro que la Iglesia dice la verdad?, ¿cómo confiar en una institución que tanto daño se supone que ha hecho en la historia de mi país?, ¿si Dios es Dios, para qué le hace falta que yo vaya a misa o rece siempre lo mismo?, ¿seguro que Jesús es hijo de Dios?

Dejé de ir a misa, me regocijaba criticando a los católicos, pero algunas veces, en momentos difíciles, oraba, porque en el fondo de mi corazón, sabía que había “algo”. Y quería encontrarlo.

A los 22 años, en mi último año de Universidad, empecé a salir con Lidia, que es ahora mi mujer. Gracias a ella redescubrí a Dios.

Ella era muy creyente, y siempre me hablaba de su Dios cristiano. Lo hacía de una manera muy respetuosa, nada invasiva, porque por mi parte me mostraba en ese momento bastante escéptico con todo lo cristiano. Me contaba con gran alegría y expresividad experiencias, anécdotas, cuáles eran sus principios de vida, me hablaba de sus grupos de oración… y yo me quedaba asombrado porque todo esto era nuevo para mí. Mi cabeza me decía que su Dios era una visión parcial, facilona del verdadero Dios, que yo suponía que no tenía mucho que ver con Jesús ni con su Iglesia. Pero mi corazón me decía que seguramente ella estaba en lo cierto.

Una tarde asistí a su grupo de oración de jóvenes. Lo hice por curiosidad, para ver de dónde le venía a Lidia aquella alegría y expresividad con la que hablaba de Dios. Allí me di cuenta de que la Iglesia no es como la pintan los medios de comunicación; vi a una Iglesia joven, dinámica, cercana y acogedora, con personas con vidas normales.

Desde entonces me mostré mucho más receptivo y le dije a Lidia que quería creer de verdad en Dios y tener más fe.
Creo que Dios me escuchó y se encargó de hacerlo posible. Pasados unos meses, una noche en mi cuarto me puse a orar a Jesús con fuerza. Sentí que estaba a mi lado y que escuchaba todo lo que yo le decía. Era verdad que existía y que era el Hijo de Dios. Era cercano, era como un gran amigo.

Este encuentro personal con Él me transformó por completo. Desde entonces empecé a orar todos los días, a ir con regularidad a los sacramentos y a los grupos y encuentros de la Renovación Carismática, a los cursos de la Escuela de Evangelización, de la que Lidia formaba parte. En estos lugares entré en contacto con comunidades donde se notaba un gran amor y una fe viva y donde he ido creciendo en mi vida espiritual y como persona.

Hoy en día, siento que Dios me ama profundamente y quiero corresponder a su amor entregándole mis talentos y a los demás, poniéndome a su servicio. Veo urgente transmitir que Jesús es el Salvador y que está dispuesto a ayudarnos estemos como estemos, aunque no nos lo merezcamos; basta que se lo pidamos. Y este deseo de evangelizar es mi inquietud para decidir entrar a formar parte de la Escuela de Evangelización San Andrés Virgen del Pilar.

¡Gloria a Dios por los siglos de los siglos!