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Testimonio de Lidia

 

Mi nombre es Lidia. Provengo de una familia católica pero actualmente no practicante. Crecí en el colegio de los Salesianos. Aún así, durante muchos años, vi a Dios como algo lejano y teórico, algo que se estudiaba como historia o lengua y aunque alguna vez rezaba, era como el que recita una poesía que le han mandado memorizar en el colegio.

Después de esto, me revelé contra Dios y la Iglesia porque no veía ninguna coherencia en todo eso. Mi entorno tuvo mucho que ver, (a los 14-15 años lo que está de moda es no creer y pasar de la Iglesia).

Yo era una chica normal, buena estudiante y sin grandes problemas pero que le faltaba algo, había un vacío. Llegó el año de la catequesis de confirmación y yo no quise apuntarme y así fue, no me apunté. Todo eso para mí eran tonterías, algo que no iba conmigo. Pasé todo un año hasta que Dios me puso a una persona en el camino que hizo que una inquietud nueva se produjese en mí. Era una mujer que transmitía una alegría y una paz que yo no acostumbraba a ver, que no era normal. Esta mujer estaba muchas veces rodeada de otros jóvenes en el patio del colegio y un buen día, sin poder contener mis ganas de saber de dónde le procedía esa alegría, me acerqué yo también al corro de jóvenes. Ese fue el comienzo de todo.

En este tiempo, varios amigos míos se apuntaron a la catequesis y yo, como todos lo hacían, lo hice también, sin saber muy bien a lo que iba y sobre todo pensando en la fiesta que nos pegaríamos el día de la confirmación. Tenía 16 años. Cuál fue mi sorpresa que mi catequista resultó ser aquella mujer alegre del patio, y no sólo resultó ser mi catequista sino que fue el instrumento que Dios utilizó para que yo conociese otro rostro de Dios que aún no conocía. El rostro del Dios cercano, del Dios vivo y real, del Dios que es todo AMOR y MISERICORDIA. Y el Dios que hizo que toda mi vida cambiase, y que ese vacío que había en mí, desapareciese.

Todo fue un proceso pero el detonante más fuerte que permitió un antes y un después, fue una convivencia que unos hermanos de la RCC prepararon, en la que en mi propia carne experimenté ese AMOR REAL de Dios, ese amor tan grande que Dios había tenido siempre por mí y que no ha dejado nunca de tener. A la vez que sentí una gran llamada a seguirle y a la cual, sin dudarlo (aunque sin ser consciente del todo), le dije SÍ. Estos hermanos no dieron grandes charlas, sólo compartieron con nosotros sus testimonios de que Dios estaba vivo y rezaron por nosotros. Aunque me pareció muy raro porque nunca había visto algo así (unos rezando por otros, en voz alta, algunos diciendo cosas indescifrables, otros entonando canciones nuevas…) fue un momento de sanación en mí tremendo, que se manifestó con muchas lágrimas, pero lágrimas liberadoras que dejaron mi corazón lleno de paz, fue un momento que hizo encontrar sentido a mi vida, descubrir la verdadera felicidad y pedirle perdón a Dios por todo lo que había hecho en contra suya sin haber sido consciente. Descubrí una vida nueva, una vida en Jesús: Él, aun sabiendo lo indigna que yo era por todo lo que le había negado, con todos mis pecados, me regalaba su amor y me pedía contar conmigo para llevar ese amor suyo a otros. Humanamente es algo que nunca hubiera podido entender, ya que yo no era nadie para merecer tal cosa, pero me lo dio a entender con esta Palabra que dice:

“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20)

Desde entonces, ha habido muchos momentos, buenos y malos, desiertos y bendiciones, momentos de reconstrucción y reconversión, errores y aciertos… pero hay algo que no cambia nunca: Su amor infinito que se va manifestando de mil maneras.

¡Jesús es el Señor del Universo! Y si hace posible tantas “coincidencias” en mi vida para traerme su amor, ¡de la misma manera puede hacerlo en la tuya! Basta con QUERER que lo haga. Él hace el resto.

Como dice la Palabra:

“Yo estoy a la puerta y llamo, si alguno oye mi voz y me abre, entraré en su casa, cenaré con él, y él conmigo”

(Ap 3, 20)